En la Biblia y en la tradición hebrea, la granada representa al pueblo de Israel: muchas semillas dentro de un solo fruto, muchas almas dentro de una misma alianza.

Por eso Aarón, el sumo sacerdote, debía llevar granadas bordadas en su manto, recordando que, aunque él era un individuo, llevaba consigo a toda la comunidad.

En el Templo de Salomón, los capiteles de las columnas Jachin y Boaz estaban adornados con granadas, enfatizando el vínculo entre lo celestial y lo terrenal, lo espiritual y lo corporal, lo uno y lo múltiple.

En la tradición cristiana, las semillas rojas y el jugo de la granada fueron comparados con la sangre de Cristo, fuente de vida y de redención. Por eso aparece en pinturas del Renacimiento en manos del Niño Jesús o de la Virgen, aludiendo al misterio de la Pasión.